Dejemos de separar lo relacionado con el cuerpo y con la mente.
Con el desarrollo de nuestra inteligencia, la cooperación entre individuos y el uso de tecnologías, hemos sido capaces de construir cosas increíbles, como, por ejemplo, la casa donde vives. Por lo tanto, cuando enciendes la luz en tu hogar, podrías sentirte agradecido por todas las personas que trabajaron para que disfrutes de esta comodidad, entre tantas otras. Sin embargo, aún disponemos de una mente muy limitada. Esto podría deberse al tiempo de existencia de nuestra especie en comparación con las demás.
Nuestra joven especie, al basarse en la visión de causa y efecto para comprender los fenómenos, desarrolló una mente acostumbrada a la lógica directa y básica. Nos hemos habituado a buscar soluciones a los problemas de manera práctica y sencilla, como en el clásico ejemplo: si tienes un problema en la boca, consulta a un dentista. Esta forma de pensar es precisamente la que nos ha traído hasta aquí y, al mismo tiempo, la que nos brinda una mayor sensación de seguridad.
En la misma línea de la racionalidad, preferimos las respuestas binarias, como «sí» o «no», y nos cuesta asimilar respuestas complejas. Además, nuestra memoria guarda fácilmente algo según la facilidad con la que puede clasificarlo: «bueno» o «malo» es fácil de memorizar en comparación con: «será bueno dependiendo de una serie de factores correlacionados: A, B y C». Justamente debido a nuestro constante deseo de comprender el mundo, solemos caer en la tentación de las simplificaciones. Por ello, nuestro cerebro rudimentario tiende a simplificar la interpretación de los hechos, fenómenos, personas, lugares, etc.

Otra forma de facilitar la lectura del mundo a nuestro alrededor es la segmentación.
Durante este proceso evolutivo, hemos segmentado prácticamente todo lo que estudiamos o construimos. Organizamos cada aspecto de la sociedad y todo lo que hemos creado. En la educación, con los distintos grados y disciplinas. En el ejército, con sus diferentes ramas y jerarquías. En la medicina, con sus múltiples especializaciones y métodos de tratamiento, ad infinitum. Y cuando surge un problema en el hogar, lo primero que hacemos es identificar qué especialista debemos llamar.
Además, nos tranquiliza saber que todo tiene una solución, una salida, o al menos, alguien responsable que se encargue de ello por nosotros. De esta manera, nada quedaría sin respuesta; todo estaría categorizado y dentro del campo de lo conocido. Lo desconocido, además de despertar curiosidad, genera incomodidad e inseguridad. A nuestra mente occidentalizada, que busca dominar y comprenderlo todo, le resulta molesto no entender algo o no saber cómo afrontar una situación. Por ello, a mucha gente no le agradan las últimas películas de David Lynch.
No obstante, un piso es mucho más simple que un ser humano o que los sistemas formados por personas. En el caso de los seres vivos, el gran desafío siempre ha sido integrar todos los aspectos y manejar la complejidad de los fenómenos. Para un médico, lo más fácil siempre ha sido derivar al paciente a un colega especialista, lo cual tiene sentido. Del mismo modo, cuando surge un problema en una empresa, tendemos a identificar si su origen es financiero, administrativo, de marketing, recursos humanos, tecnología u otra área. Así podemos enderezar la cuestión, asignar la responsabilidad de resolverla y seguir con nuestras vidas.
La misma costumbre limitante invade la mente de los entrenadores deportivos. Cuando ven a un equipo desmotivado, es normal culpar al trabajo socioafectivo y a los psicólogos del staff. Si hay muchas lesiones, la responsabilidad recae en los preparadores físicos. Y cuando el equipo falla tácticamente, el entrenador y sus asistentes son quienes deben asumir el fracaso. En realidad, todo es mucho más complejo, pero preferimos seguir pensando de esta manera porque nos parece lógica, más práctica y requiere menos esfuerzo y energía.
Lo cierto es que es imposible separar el cuerpo de la mente, ya que en todo lo que hacemos activamente necesitamos ambos: una parte física y una parte mental. Desconozco a cualquier deportista que vaya a entrenar y deje su mente en el armario descansando, o a algún jugador de póker o ajedrez cuyo cerebro no necesite estar sostenido por un cuello y un cuerpo que le suministre sangre.
Hay que recordar que la mente está constituida por elementos del cuerpo, es decir, por partes físicas como las neuronas, los nervios, la sangre, etc. Así como todo nuestro cuerpo también tiene un poco de mente, pues está repleto de células nerviosas diseñadas para sentir, mover o realizar funciones vitales. Imaginemos que el cerebro es como un árbol, y que sus raíces son todo el sistema nervioso, incluyendo la columna vertebral y todos los nervios que se extienden por el cuerpo.
Así como un árbol necesita sus raíces para sobrevivir, la mente siempre necesitará de su extensa red de sensores y receptores para existir en su condición de mente humana.

Además, si preguntamos dónde físicamente está ubicada la mente, la respuesta sería en el cuerpo, porque el cerebro es una parte del cuerpo. Por otro lado, sus sensores y activadores, que son elementos de la mente, se extienden a través de su complejo sistema nervioso por todo el organismo. Así concluimos que el lugar donde reside la mente jamás puede estar limitado al cerebro. Miremos este concepto a través de algunos ejemplos prácticos.
Cuando terminas una relación, pierdes a un familiar o juegas mal una cita importante, ¿quién asimila la nueva realidad? La mente, ¿correcto? Entonces, ¿por qué lo más normal es sentirte con baja disposición, debilitar la inmunidad del organismo, sentir poca energía o incluso experimentar dolores en el cuerpo? Según la hipótesis de que cuerpo y mente son dos elementos distintos, podríamos esperar que el cuerpo permanezca igual. Pero nos olvidamos de que ambos están totalmente unidos, entrelazados como dos elementos fundamentales de un mismo fenómeno: el sentir.
Ahora imagina que eres un jugador de póker. Lógicamente, podrías pensar que actúas únicamente usando la mente. Supongamos que acabas de golpearte el dedo del pie. Según este punto de vista, deberías disponer del rendimiento normal de la mente, una vez que el cerebro está intacto. Pero nos olvidamos de que los sensores del dedo herido están conectados al cerebro; es la extremidad de la raíz del árbol, y por lo tanto, se comunican, ya que dependen el uno del otro para existir. En este caso, los sensores envían un mensaje de dolor a la consciencia, generando así molestia e irritabilidad dentro de la mente, lo suficiente como para desviar la atención del partido.
Cuando recibes un buen masaje en el cuerpo, podríamos suponer que estás totalmente pasivo, asimilando únicamente en el cuerpo, ya que el masaje se realiza sobre la estructura física. Debido a los millones de sensores que tenemos en todo el cuerpo, la mente también acaba beneficiándose de la aplicación que se da directamente en los tejidos. Aunque la mente no reciba un estímulo directo, sales de ahí disfrutando de una serie de sensaciones capaces de transformar la manera en que enfrentarás tus próximos desafíos. Concluimos que un masaje o un baño caliente genera mucho más que sensaciones físicas; tiene un efecto directo sobre el mental.
Además, nos tranquiliza saber que todo tiene una solución, una salida, o al menos, alguien responsable que se encargue de ello por nosotros. De esta manera, nada quedaría sin respuesta; todo estaría categorizado y dentro del campo de lo conocido. Lo desconocido, además de despertar curiosidad, genera incomodidad e inseguridad. A nuestra mente occidentalizada, que busca dominar y comprenderlo todo, le resulta molesto no entender algo o no saber cómo afrontar una situación. Por ello, a mucha gente no le agradan las últimas películas de David Lynch.
Sin embargo, un piso es mucho más simple que un ser humano o que los sistemas formados por personas. En el caso de los seres vivos, el gran desafío siempre ha sido integrar todos los aspectos y manejar la complejidad de los fenómenos. Para un médico, lo más fácil siempre ha sido derivar al paciente a un colega especialista, lo cual tiene sentido. Del mismo modo, cuando surge un problema en una empresa, tendemos a identificar si su origen es financiero, administrativo, de marketing, recursos humanos, tecnología u otra área. Así podemos enderezar la cuestión, asignar la responsabilidad de resolverla y seguir con nuestras vidas.
Por lo tanto, el uso del término «cuerpo y mente» podría ser útil como efecto ilustrativo, pero siempre nos confundiría, por lo que debe ser evitado.

El riesgo está en alimentar un punto de vista equivocado sobre nuestra naturaleza, como si fueran dos elementos divisibles, cuando en realidad no existe cuerpo sin mente, ni mente sin cuerpo.
Ahora que entendemos el origen del cisma entre «cuerpo y mente», cuyo objetivo era, en primer lugar, facilitar nuestra forma de entender al ser humano, y en segundo lugar, permitirnos delegar y organizar los medios de actuación sobre las personas, aceptamos nuestra costumbre. Aquella basada en la lógica: «si estás fuera de forma, problema físico, vete al gimnasio; y si tienes trastornos mentales, busca un psiquiatra». Pero la sabiduría reside en entender que las soluciones a veces son las menos obvias: ve al gimnasio para tratar tus problemas mentales o búscate un psiquiatra para perder peso.
Sobre segmentar al ser humano para entenderlo mejor, prefiero la propuesta de la filosofía del Vedānta, dentro del hinduismo. Esta enseñanza, muy antigua (siglos III al VIII a.C.), nos explica que el ser humano se manifiesta a través de diversos vehículos en distintos planos del universo. Lo que realmente destaca de la explicación del Vedānta es que todos estos cuerpos o vehículos están sobrepuestos unos sobre otros, compartiendo prácticamente el mismo espacio, entrelazados, en distintos grados de sutilidad. Partiendo del más denso hacia el más sutil, tenemos: el físico denso, el físico energético, el emocional, el mental concreto, el mental abstracto, el intuicional y el monádico (la esencia).
Si entendemos que la mente, con sus pensamientos, sensaciones y emociones, se manifiesta en el propio cuerpo, también entenderemos que podemos actuar en el sentido opuesto. Al trabajar el comportamiento de un deportista cambiando su postura o lenguaje corporal, se constituye una de las maneras más eficientes de cambiar su actitud. Sería como tomar un atajo para modificar las sensaciones sin pasar por el cerebro, actuando en la otra extremidad de la mente, en las neuronas presentes en los sensores del cuerpo.
También sabemos que la manera en que respiramos, en principio relacionada con el físico, influye en la mente, mejorando nuestro rendimiento cognitivo. Si continuamos admirando la belleza de la complejidad del ser humano, podemos seguir buscando soluciones sencillas para evolucionar, pero sin equivocarnos al separar el cuerpo de la mente.

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