¿PARA QUÉ ENTRENAR?

El valor del entrenamiento a través de un cuento samurái.

Érase una vez, en un pueblo de Japón profundo, la historia de un importante duelo entre dos samuráis. Los espadachines que se enfrentaban eran muy experimentados y famosos por su reputación. Ambos habían dedicado muchos años de ardua preparación y habían combatido en grandes batallas. Tal acontecimiento generó mucha expectación entre toda la población que ansiosamente aguardaba este día. Se esperaba ver un gran espectáculo, sobre todo, porque había el riesgo de que uno de sus combatientes perdiera su vida en ello. 

Al llegar el día y la hora acordada, se presentaron ambos con sus vestimentas tradicionales y sus espadas en la cintura. El sitio escogido era un puente de piedra sobre el río del pueblo. Así los guerreros no tendrían por donde escapar, ya que el público cerraba el paso en cada extremo del puente y el combate se daría en el medio. Todos sabían que se trataba de una lucha donde deberían exprimir sus mejores habilidades, ya que un simple corte de sus katanas podría llevar a la muerte instantánea. La otra posibilidad: perder y ser absuelto por el oponente, era incluso peor que la muerte para el honor de un samurái.

¿Para que entrenar?

Al adentrarse en el puente, ambos empezaron a poner su atención en el oponente, mientras que toda la población seguía cada movimiento sin un parpadeo. Entonces, se aproximaron en postura de combate, desenvainaron sus espadas firmemente, e hicieron cuidadosos y lentos pasos laterales, sin desconectar sus miradas. Se movían como si estuviesen en un baile de apareamiento pero en realidad estaban observándose y asimilándose mutuamente con mucha atención. Toda la población contenía el aliento esperando el momento del primer golpe. Los samuráis continuaron así un rato, y debido a su intensidad pareció un par de minutos, pero en realidad fueron solo algunos segundos.

Finalmente, uno de ellos desmontó su postura de combate, envainó la espada, puso las manos juntas frente al pecho y se arrodilló en señal de reverencia, aceptando así su derrota. Entre el murmullo la gente se miraba con cara de interrogación tratando de entender lo sucedido. El samurái derrotado salió con su honor y reputación destrozados, pero pudo conservar su vida. El vencedor, orgulloso y festejante, fue a celebrar con los espectadores divididos en alegría y decepción. Al final, la gran mayoría esperaba ver un espectáculo más dinámico. El samurái vencedor sabía que su entrenamiento había funcionado. 

En la naturaleza, los animales evitan los enfrentamientos cuerpo a cuerpo porque saben de los riesgos que conlleva. El ser humano podría actuar de la misma manera, ¿no crees? Los samuráis no necesitaron entrar en combate porque su lenguaje corporal, sus movimientos y lo que transmitían sus miradas fueron suficientes para indicar quién estaba mejor preparado y ganaría. Aunque frustraron las expectativas del público, fueron inteligentes y evitaron el derramamiento de sangre. El entrenamiento previo de los guerreros se manifestó antes del proprio comienzo del combate, y así funciona en el deporte.

Imaginemos si pasara lo mismo en un partido de tenis, una carrera de atletismo, o incluso en un deporte colectivo con el baloncesto, el voleibol o el fútbol. Imaginemos si en vencedor ya se pudiera predecir en esos momentos que entran en la pista o césped, empiezan a prepararse y a calentarse. Cuando miro algún deporte intento, a través del lenguaje corporal de los jugadores, adivinar quién saldrá vencedor. Porque el cuerpo transmite lo que uno piensa o siente a todo momento. Todo ese lenguaje lleno de sutilezas que el público en general no suele captar, se observa cuando miramos con más agudeza. Por ejemplo, podríamos notar cuál de los competidores está más nervioso o ansioso, y también cuál está con una mirada más concentrada o más dispersa. ¿Ya  habéis notado que el ganador, con su postura y su forma de moverse,  siempre transmite confianza.

Porque el deporte es 50% técnica, estrategia, táctica, y 50% actitud, o incluso más. 

Al final todo eso es un poder real del deportista que se manifiesta en los momentos previos, pero también durante el partido. La pregunta clave entonces sería ¿cómo se hace para conquistar esta confianza y excelencia técnica? Seguramente no es durante un partido cuando estás en medio del huracán, sino en todo lo que has hecho antes del partido. 

Todo atleta espera, después de tanto entrenamiento, que en el día de la competición, cuando las cosas valen de verdad, todo funcione. Es ahí cuando suelen aplicar la máxima intensidad y carga de esfuerzo. Pero, en gran parte de las veces, las cosas no funcionan como han planeado. Quizás su error ha estado en la manera como plantearon sus entrenamientos. 

La mayor intensidad debería reservarse para los días de preparación y nunca solo para el día del partido.

Michael Jordan en los Red Bulls, como líder del vestuario, solicitaba que su equipo hiciera un amistoso jugando tan duro como una final de la NBL. Exigía que todos sus compañeros se empeñasen con la máxima seriedad durante este entrenamiento especial antes de una competición. Muchos de ellos no entendían y cuestionaban tal postura de Jordan. No obstante, confesaron años más tarde que habían entendido el motivo para hacerlo, así como relata el documental The Last Dance.

Quien se dedica al deporte sabe lo que significa estar en una competición importante, y el nivel de exigencia y presión que significan para una persona o equipo. Por lo tanto, lo más común, si has entrenado a un nivel de exigencia más bajo, es sentir todo el peso del reto que se presenta en una competición difícil. La solución es sencilla: entrenar con una intensidad equivalente o incluso superior que este partido difícil para prepararse. Se trata de un principio muy básico de comparación. Por ejemplo si vienes de un lugar más caluroso que tu ciudad, al llegar no sentirás el calor, por el contrario te sentirás aliviado por la diferencia de temperatura. Sin embargo, si siempre has estado en tu ciudad sin viajar tendrás la sensación de calor del lugar únicamente. 

Este aumento del nivel de exigencia se puede suceder durante un amistoso llevado muy en serio tal como pedía Jordan o de otras maneras. Actualmente, muchos preparadores físicos añaden perturbaciones externas por medio de gomas, superficies inestables, plataformas vibrantes, peso extra, empuje físico, sonidos, visibilidad baja, etc. con la intención de ofrecer al cuerpo y a la mente este tipo de preparación. También se montan situaciones simuladoras de alta exigencia con esquemas tácticos de alta exigencia con el mismo propósito. En los deportes colectivos se suelen referir a este tipo de entrenamiento con la nomenclatura de 3D o 4D, tercera y cuarta dimensión. Lo aplican tanto con el jugador aislado como con el grupo, pero el principio que rige es el mismo, y está presente de una forma o de otra en todos los grandes clubes. 

Cuando hacemos esta preparación estamos transformando el cuerpo pero también la mente: la concentración, la toma de decisiones, la gestión de la emoción, el lidiar con la presión. En el fondo estamos creando un ser humano más preparado para este momento de alta exigencia que son los partidos importantes. En la verdad lo que intentamos es que, debido a la preparación adecuada, sean de menos exigencia para nosotros. Diríamos que queremos acostumbrar el ser humano deportista para que cuando se de estas situaciones difíciles en la competición pueda rendir mejor. 

Considerando que un deportista entrena por lo menos un 80% de su tiempo, y dedica solamente un puñado de horas de acción competitiva. Esto también nos indica la importancia de desarrollar una preparación transformadora. Tiene mucho más oportunidad de crecer y aprender durante todas estas oportunidades de preparación que durante la tensión y incertidumbre de un partido. Además, la imprevisibilidad es una de las características más interesantes de entrenar. Y en el caso que rindas poco, el daño moral es menor que si fuera un partido importante. Dicha experiencia también será útil para forjar el carácter luchador en situaciones desafiantes. 

Concluimos que lo que realmente gana los partidos es la calidad del entrenamiento previo. Al igual que los dos samuráis que, consciente o inconscientemente, ya sabían quién ganaría el combate antes de que este comenzara, en el deporte la victoria se decide mucho antes del enfrentamiento. Es en las horas de preparación, en la dedicación, en la constancia y en la disciplina del entrenamiento donde se forjan los verdaderos campeones. La intensidad y el enfoque durante las sesiones de práctica determinan la capacidad de un atleta para desempeñarse bajo presión, reaccionar ante situaciones imprevistas y mantener la calma en momentos cruciales. 

Por lo tanto, el éxito no es un accidente, sino el resultado directo de la naturaleza del entrenamiento, así como del enfoque hacia este. Al igual que los samuráis, se entrena para no tener que luchar, para ganar la batalla antes de que comience, o mejor dicho, para que la competición sea solo una forma de demostrar quién ha entrenado mejor.

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