SUPERPOBLACIÓN Y SÚPER COMPETITIVIDAD

Cómo las altas densidades demográficas afectan nuestra vida y el deporte profesional 

Nunca antes hemos vivido un momento de tanta competitividad en el planeta, desde las calles hasta las empresas, pasando por las pantallas de nuestros dispositivos y las competiciones deportivas. En el mundo deportivo la competencia se ha vuelto más desafiante, sea para conseguir un lugar, o para continuar en tu categoría o en la lucha por ascender. En los tiempos actuales escasean las disputas fáciles, los buenos puestos de trabajo o los buenos pisos. Hasta para comer tu pizza preferida entre semana hay que hacer la cola y esperar, estamos en pleno fenómeno de la superpoblación y de la súper competitividad.

Más allá de las apariencias esto significa que vivimos una era de súper competitividad. Hasta los móviles y aplicativos están fabricados para disputar nuestra atención todo el tiempo, con todos sus mensajes y ventanillas saltando a todo momento. ¿Y sabe cómo se han fabricado estos dispositivos? Dentro de empresas que luchan para ser competitivas, con personas que luchan para mantener su codiciado puesto, trabajando bajo una presión que viene desde los escalones más altos, porque todos saben cómo se presenta el mundo actual. Obviamente todos quieren sobrevivir y triunfar.

En los períodos anteriores hemos tenido grandes pestes y guerras mundiales que han cumplido el papel de reducir drásticamente la población mundial, y así equilibrar la demanda con la oferta. El mundo evolucionó y ahora contamos con vacunas y medicamentos para las pandemias y felizmente los gobiernos ya no sucumben a involucrarse en grandes conflictos entre naciones. Podemos decir que en el ángel de la muerte ha trabajado menos en comparación con otros tiempos. Por otra parte, el avance de la ciencia y de la medicina hizo que las personas vivan más tiempo. En 1940 la expectativa de vida era de 40 años y ahora está alrededor de los 72 años, casi el doble. Acordemos que todos estos ciudadanos necesitan una casa para vivir, vías para circular, un hospital para cuidarse y una serie de otras cosas, además de alimentos.

Es un hecho que cada vez somos más personas en el planeta, actualmente 8.200 millones. Pero continuamos queriendo vivir todos en las mismas ciudades, porque sabemos que ahí están las mejores oportunidades. Consecuentemente cada vez hay más bocas para alimentar pero el espacio disponible para cultivo sigue siendo el mismo ya que no queremos desmatar nuestras florestas y los océanos continúan del mismo tamaño. El efecto de nuestro crecimiento pide el aumento de la fabricación de alimentos, resultando en una disminución de la calidad pues busca una aceleración en el tiempo de producción.

Naturalmente, las ciudades han cambiado. ¿Te has fijado en lo complicado que se ha vuelto aparcar el coche en la calle? Y cuando quieres ver a tu cantante favorito, es probable que las entradas ya estén agotadas. Cada vez cuesta más reservar en buenos restaurantes. También podemos comentar lo complicado que se ha vuelto encontrar viviendas para alquilar en ciudades como Barcelona, Madrid, Londres o París. En muchos lugares del mundo, las tiendas tradicionales o el comercio de barrio han dado lugar a rascacielos que aprovechan mejor el espacio, tan valorado en zonas nobles. Recordemos que las constructoras, a pesar de buscar el lucro, también atienden una demanda nuestra. Para el mundo capitalista, el lucro es más importante que la eventual descaracterización de estos barrios. Por lo tanto, viviremos en ciudades con cada vez más gente apiñada, más coches y atascos, más concreto, lo que resultará en lugares menos humanos.

¿Cuál es la relación entre la superpoblación del mundo con el deporte?

Lo que se observa en la vida en general también podemos trasladar al deporte de competición. Naturalmente, hubo un aumento de la demanda mientras la oferta de premios se mantuvo la misma en las últimas décadas. En los últimos 20 años el número de tenistas profesionales en Europa ha doblado pero la cantidad de competiciones continua próxima a la que había antes. Lo mismo ocurre en el golf, cuando miramos los números comparativos desde 2004 hasta 2024, antes habían solo 4 mil y ahora son casi 8 mil.  

Si eres un deportista, sabes el esfuerzo que conlleva únicamente tener acceso a participar en los torneos más importantes. Pues imagínate el sacrificio que representa cuando anhelas alcanzar los primeros puestos de su categoría. Es natural que una mayor proporción de atletas abandone el camino al notar que, cada vez más, mantenerse financieramente se vuelve más complicado. Con más frecuencia vemos que las familias de los deportistas optan por una vía de escape a la competición como alternativa más accesible para ganarse la vida. 

Un aspecto positivo es que el aumento de la competitividad nos ha brindado un aumento en el nivel de todos los deportes en los últimos años, causado por la selección natural de los mejores. 

Hoy en día, mucho se habla de que el nivel técnico, táctico y estratégico está muy igualado en el deporte de élite, y que la clave para destacarse y ganar radica en la fortaleza interior del deportista. Es común escuchar a los campeones destacar el trabajo mental como el factor clave que les permitió alcanzar un nivel superior de rendimiento. Como ejemplo, podemos citar a Djokovic, Jon Rahm, Jorge Martín, entre muchos otros. Está claro que, después de la era de la información, donde hemos tenido acceso a casi todo el conocimiento generado en cualquier lugar del mundo, ahora vivimos la era del autoconocimiento, donde lo que marcará la diferencia es el conocimiento de uno mismo.

En las últimas décadas de la liga de fútbol española, los títulos se dividían únicamente entre el Barça y el Real Madrid. Ahora hay que pelearlos también con el Atlético de Madrid y el Girona, y en el futuro, quién sabe con cuántos más. Lo mismo ocurre en la Fórmula 1 actual, donde ya son cuatro equipos peleando por las victorias, mientras que en el pasado siempre había una escudería dominante. ¿Te acuerdas de las famosas rivalidades del pasado entre Pete Sampras y Andre Agassi, o Ayrton Senna y Alain Prost? Ahora lo más común es que nadie sepa quién va a ganar el próximo torneo ATP 1000, la próxima carrera de F1 o el próximo mundial de fútbol. Cualquier deportista nota que es cada vez más difícil ganar y que es menos frecuente establecer un monopolio como solía suceder en el pasado.

¿Es natural instinto de competitividad en nosotros o lo hemos incorporado a lo largo del proceso de supervivencia?

La rivalidad entre los seres humanos siempre ha estado presente. Para empezar, somos el fruto del espermatozoide que venció a los demás en la carrera hacia el óvulo. En el reino animal, los machos luchan para ganar el derecho a reproducirse con las hembras, y así la selección natural asegura que las próximas generaciones recibirán genes fuertes. Sin embargo, en las sociedades o competiciones humanas, hemos creado reglas y un sentido de ética. 

Entre las naciones, siempre ha habido guerras, antiguamente con mayor frecuencia que hoy en día. Los estados bélicos buscaban conquistar territorios y someter a otros pueblos a su imperio como medio de enriquecimiento. Actualmente, los países siguen compitiendo entre sí en la economía, el deporte o la gastronomía, y algunos aún lo hacen mediante guerras. Podríamos decir que incluso las religiones están compitiendo entre sí. En este caso, es fácil adivinar quién ganará esta disputa a largo plazo: serán los más numerosos. Por lo tanto, quienes vencerán serán aquellos que tengan más hijos.

En España, el barrismo está de moda. Por ejemplo, existe una rivalidad, defendida con mucho orgullo, por descubrir qué región de Valencia (antes de la Dana) hace la mejor paella, qué ciudad de esta región e incluso hasta de qué barrio de la ciudad viene la mejor. Y es posible que, dentro de cada una de estas familias preparadoras de paella, cada hermano esté disputando para ver quién gana. En este mismo país, los canarios se consideran los mejores españoles, pero no son solo ellos: los andaluces también lo creen, al igual que los vascos, los catalanes, los madrileños… ad infinitum.

¿Es nuestro ego inmaduro o nuestro miedo el que nos impulsa a dividirnos y enfrentarnos, creando bandos y oposición?

Decía el pensador inglés Thomas Hobbes: «El hombre es el lobo del hombre», y así nos alertaba sobre la naturaleza dañina del ser humano hacia sus semejantes. Otro filósofo, G. W. F. Hegel, observó que cuando hay dos personas, estas tienden a apoyarse; pero una vez que hay tres, surge la tendencia de que dos se junten contra la otra.

Es evidente que cuanto más difícil sea la supervivencia, mayor será la tendencia a manifestar nuestro lado salvaje y a adoptar un comportamiento egoísta. Observamos que en lugares saturados de personas es menos frecuente que ocurran gentilezas entre desconocidos. Cuando hay estrés, es raro que te cedan el paso, tanto en la acera como en el tráfico. Con demasiados bichos peleando por conseguir los recursos para su mantenimiento y bienestar, la mente cambia a un estado de lucha, como si percibiera que su vida está amenazada. En este caso, la mente recibe el mensaje: «Garantiza que tú estés bien porque el ambiente es tenso, hay que sobrevivir». Cada vez es más inusual encontrar personas que piensen en los demás, y creo que, entre otros factores, esto se debe a que estamos cada vez más apiñados en las tareas cotidianas.

Ante este escenario cataclísmico de fin del mundo, ¿cómo podríamos vivir mejor en un mundo cada vez más poblado? Como solución atractiva se presentan las tecnologías novedosas en la sociedad actual. Por ejemplo, en lugar de ir a los bares a ligar, lo hacemos desde una aplicación; en lugar de ir a firmar un documento en persona, lo hacemos electrónicamente; en lugar de dar codazos en un restaurante para conseguir una mesa, lo pedimos a domicilio y comemos en el confort de nuestro hogar. El problema es que estaremos cada vez más aislados de los contactos reales, cada vez seremos menos aptos para los encuentros cara a cara, y puede ser que un día nos parezca extraño sonreírle a nuestro vecino.

Volviendo al deporte, asistí a un seminario con el profesor DeRose y le pregunté cómo un deportista podría lidiar mejor con la presión inherente a la competición profesional. Su respuesta fue sorprendente, al menos para mí: me comentó, de manera directa y sin rodeos, que la competición no era buena y que lo mejor era la colaboración.

Felizmente, en el deporte la cooperación existe y suele traer frutos de crecimiento y buenos resultados. Podríamos citar el ejemplo del Manchester City con el Girona y la cooperación constante entre los equipos de base y los equipos oficiales. También en los deportes de motor hay cooperación entre muchas marcas proveedoras de piezas o motores para otros equipos dentro de la misma competición. Existen escuderías hermanas en la Fórmula 1 que trabajan en plena cooperación, como Red Bull y AlphaTauri, o Mercedes y Williams. En los deportes colectivos, cuando ocurren cambios de entrenadores, asistentes, psicólogos, preparadores o ingenieros entre equipos, estos ejercen un papel cooperativo porque llevan sus metodologías e ideas a nuevos equipos.

En realidad, nuestra sociedad ha evolucionado justamente por el conocimiento compartido y por la cooperación entre personas. Los aliados han podido vencer la guerra porque han sumado esfuerzos, se han «aliado». Jamás conseguimos nada solos, sin depender de los demás, porque hasta la comida que has comido o la lámpara que ilumina nuestra casa son el resultado del trabajo de otras personas. Concluimos con dos citas de DeRose:

«La unión hizo de nosotros lo que somos; hará por nosotros lo que ni imaginamos.»

«Ninguno de nosotros es más fuerte que todos nosotros juntos.»

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