Estoy en casa, me pican en la puerta de la nada y voy curioso para ver quien será. Es la cuidadora de la señora que vive justo en la puerta delante nuestra. Me pide que la ayude a ver si su tele vuelve a funcionar. Ahí vive una señora que casi nunca sale, y por eso, la tele es uno de sus pocos pasatiempos.
Cuando entro por un pasillo sin fin, mi novia mirando desde nuestra puerta siente un cierto temor debido a la semejanza visual con las historias de las pelis de gente raptada o que entra en una casa extraña sin salir jamás. A mi también me parece extraño todo aquello, pero mi sensación es que está todo bien, al final ellas son nuestras vecinas.
Encuentro a la anciana sentada en una butaca con cara de sorpresa y curiosidad por verme plantado en su salón. Me invita a sentarme, al cual agradezco su amabilidad pero me mantengo de pié. Agarro el mando e intento por medio de los menús arreglar su tele para que vuelva a sintonizar los canales.
Le hago un par de preguntas a la cuidadora mientras la señora me vuelve a invitar a que me siente como si no lo hubiera hecho hace 1 minuto. Sigo intentando encontrar el problema de su televisor pero veo que me acerco a un intento fallido más, cuando mi novia surge por el largo pasillo para ver si estoy bien. Al final, era la única manera de saber si su chico seguía vivo trás la inusitada abducción. Es cuando la señora nos invita por tercera vez a sentarnos y le agradecemos su gentileza sin saber muy bien como comunicarnos con esta señora tan amable pero que demostraba poseer algún problema de memoria. Cuando ya estábamos diciéndole a la cuidadora que lo sentíamos mucho pero no hemos podido arreglar su tele, la señora vuelve a invitarnos a sentarnos pero ahora a través de su cuidadora. Decía: ¿ellos no quieren sentarse?
Al cabo de algunos días, me cruzo en el portal con la cuidadora y le pregunto sobre la tele. Ella, abriendo la pesada puerta de hierro de la finca, me comenta que han podido arreglar el problema comprando una nueva pues la otra ya estaba desactualizada en términos tecnológicos, según lo que le explicó algún experto.
Me invita a entrar para ver la nueva tele, y ahora ya más íntimo de mis vecinas, acepto la invitación. Estaba libre de compromiso y me pareció una manera amable de retribuir nuestra gentileza del otro día.
Al entrar, la señora está sentada en la mesa del comedor con el juego Monopoly montado delante y sujetando un fajo de dinero de esos de colorines del juego. Me mira con la misma cara del otro día pareciendo no reconocerme, y me invita a sentarme. La cuidadora me enseña la tele nueva, que funciona perfectamente, puesta en un canal de trivialidades típico del horario de media tarde. La cuidadora me ofrece un té con un gesto amable como si quisiera que lo aceptara o pareciendo que quería contarme algo más. Yo lo acepto, y por un instante vuelvo a pensar en mi novia y en el miedo de perder a su novio secuestrado dentro de un misterioso piso. Y mi mente trastornada piensa en la vaga posibilidad de que pudiera haber algo en mi bebida. Felizmente mi sentido común me avisa de que ando viendo muchas películas hollywoodianas últimamente y que aquello era improbable.
Ahora, ya sentado en la mesa del comedor tengo a la señora delante con su dinerito de mentira y sus piezas sobre el tablero. Me mira bien a los ojos y me dice: – Tengo mucho dinero ¿sabías? Te lo puedo prestar si deseas o si tienes deudas. – Por un instante titubeo sin saber si me dices com aire de broma o si me habla en serio. Es cuando la cuidadora me hace la misma cara de quien juega con un niño de 3 años para que le siga el rollo. Entonces entiendo que la señora realmente me invita a jugar y sonrío. Para ser simpático acepto su propuesta y le pregunto que cantidad y por cuanto interés me podría prestar dinero. Ella me ofrece un billete de 50 diciendo que era todo lo que podía prestarme ahora porque estaba ahorrando para comprarse el piso de la Av. Castellana en Madrid indicándome la ubicación en el tablero.

Mientras negocio un poco con la simpática señora, la cuidadora me dice que esperan la visita de un médico psiquiatra esta misma tarde y añade que puedo quedarme un poco más pues mi presencia les agrada.
Sin tarde mucho le pican a la puerta y la cuidadora se asoma al interfono para darle acceso al medico. Hago gesto de marcharme intentando ser educado cuando la cuidadora me señala que podría quedarme sin problemas. Me sintiendo cada vez más amigo, decido quedarme también llevado en gran parte por la curiosidad. Toda esa historia con nuestra vecina se estaba volviendo muy interesante, y así tendría otra anécdota para contar cuando volviera a casa.
El médico se sienta a su lado empezando una amigable conversación. Mientras charla aprovecha para tomarle el pulso, escuchar el latido y hacer un par de chequeos básicos más. Percibo que la señora le llama de hijo, es cuando se enciende una luz en mi cabeza. Comienzo a juntar todas las piezas del puzzle mentalmente. Y me doy cuenta de la locura que debe ser estar viviendo en mentiras, sin saber en realidad quien son las personas y como es tu vida de verdad. Por un momento siento apenas pena de la simpática señora, mi vecina de puerta.
El médico alejándose de su paciente que vuelve a entretenerse en sus compras de activos inmobiliarios se acerca a la cuidadora y empieza a pasarle informaciones de su estado de salud. En este momento, entiendo que la señora tendrá esquizofrenia o algo como tal y me vuelve a entrar pena. Tamaña es mi curiosidad en saber lo que pasa que mis oídos atentan escuchar las palabras del médico. La cuidadora le pregunta si debía seguir con la medicación, lo que el doctor confirma. A continuación le interroga si su enfermedad tendría alguna posibilidad de cura. Es cuando el médico le contesta diciendo: – No creo que la realidad le haga bien en el último período de su vida. Ella es tan feliz así, pensando que es rica y que soy su hijo.



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