Es uno de los mayores sentimientos que afronta la humanidad desde siempre. Para muchos, un instinto totalmente necesario, eso diría por ejemplo, unos padres protectores a su hijo para que no le pase nada. Nos van inculcando en nuestras cabezas el miedo a morir, a las enfermedades contagiosas, el miedo a los accidentes, el miedo a la violencia, el miedo al fin del mundo, y así en adelante. Embebidos en esta cultura crecemos nosotros, alimentando este sentimiento en sus muchas facetas. Pueden ser alimentadores del miedo la educación recibida por parte de los padres y profesores, el habito de ver noticias, que venden más cuanto mayor es la alarma, o el cine con sus películas de violencia y terror, entre otros factores.
La madre de una amiga con educación provinciana siempre decía a su hija que vivía en otra ciudad: “Has visto la noticia del violador en tu ciudad? Cuidado eh, no salgas sola y mucho menos por la noche, por el amor de Dios.” Estupenda manera de fomentar el miedo en la cabeza de la pobre joven de Barcelona. Es verdad que algunas veces este sentimiento puede habernos salvado del peligro. Si haces algún deporte de riesgo o tienes una profesión en la cual arriesgas tu vida, el miedo te puede haber marcado algunos límites. Es posible que, en algunas ocasiones, el miedo nos haya salvado el pellejo, pero aun así, no lo sabemos al cierto.
Fuimos dotados de un mecanismo interno de supervivencia que nos hace continuar vivos y así mantenemos la continuidad de nuestra especie. Es por ello que, cuando sentimos miedo nuestra consciencia cambia a estado de emergencia. En situaciones más intensas generamos una descarga de adrenalina, hormona generada con el propósito de aumentar nuestra fuerza y así, hacernos correr más rápido o saltar más lejos para huir del peligro. Por otro lado, hay un precio a pagar, la adrenalina nos acelera el corazón, provoca ansiedad y liberar toxinas, como una droga. Genera una potencia extra pero con poco control. Disminuye nuestra consciencia corporal y reduce la percepción de nuestros sentidos. Al final, cuando la sangre va más concentrada a los músculos y a un sistema nervioso específico, es obvio que faltará en otros áreas o mecanismos.
El miedo en el deporte está más presente de lo que imaginamos. ¿Cuántos golpes de golf, de tenis o chutes de penalti fallaron porque el ser humano ejecutor de la acción estaba dominado por el miedo? Dicho sentimiento colócase por encima de cualquier otro, justamente por representar en última instancia la propia supervivencia tal como hemos comentado. Pasa a representar casi todo que recelamos que suceda, mejor dicho, que tenemos miedo que suceda. En general el miedo puede tener muchos disfraces y estar asociado a muchos otros sentimientos. Entretanto en el deporte podemos resumir de manera superficial, mirando el momento de la práctica, como por ejemplo el miedo del fallo y el miedo de la derrota. Por lo tanto aunque sabemos que es poco deseable para una buena performance entendemos el miedo como algo natural al ser humano.
Para superar ese sentimiento tan enraizado desde nuestra infancia más prematura debemos hacer dos cosas. En primer lugar, si el miedo ya existe, hay que enfrentar el trauma. El miedo así como los celos se disuelve a medida que lo enfrentas. Los celos nada más son que el temor de perder el compañero. Esto significa que tendrás que mirarlo de frente y acercarte gradualmente a lo que te genera el temor. O sea, ir aproximándose y familiarizándose a él, para que poco a poco, este miedo se ilumine y se disuelva.
En el último de los casos, si el miedo persiste, por ser un sentimiento de polaridad destructiva sugiero transformarlo en otro sentimiento hermano, la precaución. Consideramos que ser precavidos es algo constructivo mientras tener miedo será destructivo. La precaución puede ser fruto de un miedo superado y tiene gran utilidad. La precaución normalmente es siempre bienvenida. Uno aprende que en muchas situaciones o competiciones vale más ser precavido o jugar de manera defensiva. Todo deportista sabe de los inmensos riesgos en atacar siempre y, tras alguna experiencia aprende hay momentos más propicios para ser agresivo.
A medio y largo plazo debemos fomentar una educación que cultive otros valores menos nutridores de los miedos. Una cultura basada en refuerzo positivo, en el amor, la comprensión y la libertad.
¿Cuáles son tus miedos o traumas?


Deja una respuesta