PROFECÍA AUTOCUMPLIDA

Hace mucho tiempo el mono empezó a perder sus pelos. Acostumbrado a la protección y el confort de viver lejos del suelo y acolchonado por hojas, el arborícola enfrenta ahora el mayor desafío de su generación, vivir pisando la tierra y fuera de su hábitat natural, la floresta. Sufre con la falta de alimentos, antes encontrados con facilidad al alcance de sus manos. Adaptándose constantemente encuentra en las cuevas un sitio donde supone poder refugiarse. El mono desnudo, ahora mucho menos cómodo que cuando en la copa de los árboles, suele sentir hambre y frio. Además, sabe de su vulnerabilidad ante cualquier hambriento animal de gran porte que podría atacarle a cualquier momento arrinconándole dentro de su propia cueva. Con esas condiciones, el tranquilo mono aprende a mantenerse siempre alerta y así sobrevive bajo un estado constante de miedo. Todo sucede como debería ser, pues su adaptación es una respuesta natural a su instinto de supervivencia.

La profecía autocumplida se enlaza con nuestros orígenes.

Profecía autocumplida y el miedo

Así somos nosotros, descendentes del mono de la cueva. En la mayoría de las veces nos dejamos llevar más por el miedo antes que por cualquier otro sentimiento.

El mecanismo presentado está menos frecuentemente relacionado con el deseo de alcanzar algo, lo que sería su versión productiva. Nosotros, seres inteligentes, nos acostumbramos a leer las situaciones y juzgarlas según nuestros puntos de vistas y nuestros miedos. Así creamos la costumbre de procurar asegurar el futuro preparando los próximos pasos a tomar. El futuro de lo que queremos o de lo que no queremos que suceda. Entonces, cuanto más vivimos más fortalecemos nuestras convicciones, pues raro es el ser humano que cambie su manera de pensar. Veamos algunos ejemplos de casos reales para entender mejor la profecía autocumplida.

Imaginemos a un chaval aún en temprana edad con temor de que le hablen mal a sus espaldas. Cuando va al cole y ves a conocidos reunidos riéndose en grupitos su mente tiende a suponer que a lo mejor están burlándose de él. Aunque no llegue a confirmar la veracidad de la información la semilla de posibilidad se instala en su consciencia. Si alguna vez eso viniera a ocurrir realmente, entonces el joven supondría que todas las otras escenas de las cuales sospechaba había pasado lo mismo. Si él traumatizado joven se acerca al grupo de colegas y pregunta si estaban riendo de él, esos que estaban sacando gracia de otra historia, seguirán su tendencia al cachondeo y aprovecharán la oportunidad para montar un próximo gracejo. En la fisura de su fragilidad lo transformaran en su nuevo chiste, listo para cuando les falte otro tema a reírse. Al final, los hechos vienen a confirmar aquello que antes era solamente el fruto de su miedo.

Entonces, la profecía autocumplida que antes solo existía en cabeza del joven se concretiza en la realidad.

Ahora imaginemos un tenista juvenil intentando reafirmase en el circuito tras peder algunos partidos, o sea, en un momento con la autoestima un poco tocada. Éste, aún en la edad de decidir si lo suyo está en el tenis o debería seguir otra carrera, escucha de su entrenador que si pretendes avanzar debe acabar con los errores no forzados. En su mente ya desmoralizada empieza a plantarse la semilla de la duda, si realmente tiene talento para este deporte. A cada nuevo error un sentimiento destructivo de autocrítica alimenta la idea de lo que él justamente más temia. El miedo a que toda su trayectoria en el tenis haya sido un error y una perdida de tiempo. Así que a cada nuevo golpe equivocado este joven aún en formación cae en la misma trampa mental reforzando la película de terror que él mismo se lo montó. Al final, este potencial gran tenista acaba tan frustado y desmotivado a punto de decidir por abandonar las pistas, convencido de que su temor era cierto. Una vez más, vemos la profecia autorealizadora cumplirse a través del sentimiento del miedo.

¿Cómo usar la profecía autocumplida a nuestro favor?

Entonces déjame hablarte en la dirección opuesta, del niño que desde pequeño anhela poder tocar las estrellas. Son de las personas que usan la profecía autocumplida a favor de sus sueños y nunca a servicio del miedo. Hablemos de un chaval muy pobre que soñaba en ser un campeón de golf. Nadie en su familia jugaba al golf, pero como vivía al lado de un campo se enamoró de este deporte y creó en su mente una profecía “un día seré un gran campeón de golf.” Su humilde familia pensaba que se trataba del imaginario típico de la niñez y aguardaba al momento que su insistencia pasaría tarde o temprano.

Sin embargo, cada vez más el niño crecía convencido de que llegaría a su deseada meta algún día. Este pequeñín no le importaba las dificultades, pues las driblaba a todas. Jugaba de manera improvisada, se escapaba para entrenar, se infiltraba en el campo de su ciudad, jugaba con su imaginación, montaba un campos en la playa, etc. Sus hermanos ya conmovidos le regalaron su primer palo. A partir de entonces su profecía empezaba a concretizarse de hecho. Empezó a hacer de caddie para estar más en el mundo del golf y así aprender más. Poco a poco fue ganando espacio, entrenando más, fortaleciéndose como jugador y mostrando su talento. Cuando sus padres le comentaban sobre la necesidad de estudiar para tener una profesión él les decía con seguridad que ya tenía su profesión elegida, jugador profesional de golf. Luego empezó a ganar sus primeros torneos reforzando así su confianza y haciendo concretizar lo que siempre había dicho. Este joven llegó a ser uno de los mejores golfistas de todos los tiempos, su nombre es Seve Ballesteros. El pequeño chavalín de una familia de campesinos supo crear su profecía autocumplida basada en lo que amaba. Como él hay muchos ejemplos más, tanto dentro del deporte como fuera.

Profecía autocumplida

La moraleja del texto nos enseña que nuestras palabras tienen fuerza. Por lo tanto, cuidado con lo que te estás diciendo a cada instante, pues hay grandes chances de ello realizarse. Porque nosotros somos también frutos de nuestros pensamiento e ideas. Y esos pensamientos producen efectos en nosotros independiente de ser verdad o no. Estas, por ser ideas creadas dentro de nuestra mente, podemos moldearlas cómo nos apetezca. De manera constructiva hacia lo deseado o de forma destructiva alimentadas por nuestros miedos. Acuérdate de la famosa cita: Una mentira dicha mil veces se convierte en una verdad.” 

¿Por qué no lo pruebas en ti mismo la profecía autocumplida?

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